
Después de bastante tiempo....llueve de nuevo. Hasta he tenido que recoger la ropa del tendedero. La lluvia es fascinante, porque en cierto modo nos estimula hacia la interiorización y el recogimiento espiritual.
Un día soleado es un elogio a la fuerza de la vida y a la acción, lo que también tiene su áquel... pero la lluvia y la noche son más creativas. Incluso cuando la inspiración parece habernos dejado de lado (como es ahora el caso), el suave tintineo de las gotas en los tejados y olor a tierra mojada te transporta a otros momentos y ensoñaciones.
Con esta pintura de Van Gogh me pasa algo parecido. Siempre pensé que esa noche, construída a base de colores y evitando el negro (como tal vez él hubiera querido hacer con su propia existencia) podía ser enormemente productiva, y me imaginaba a mí misma disfrutando de un humeante café sentada en una de las mesas, bien abrigada, observando a todos los que iban y venían, y escuchando conversaciones ajenas (pequeño vicio más o menos reconocible) en las que de vez en cuando se aprenden algunas grandes lecciones de la vida.
Habrá que visitar Arlès (que no París)...
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